Los siete pecados capitales en la empresa

Pecados empresariales

Empresa

¿Existen los “pecados empresariales”? Más allá de la reprobación moral, los que denominamos como capitales son capaces de arruinar un negocio o, al menos, generar importantes disfunciones. No es ya que se haga algo malo, sino que el mal lo acaba pagando la empresa. En ese sentido, son pecados empresariales que no se deberían cometer.

Pecados empresariales

 

La soberbia como pecado del emprendedor

Sí, todos nos equivocamos. Los mejores emprendedores son los que saben en qué fallan y tienen predisposición para resolverlo. Tras los temores iniciales de todo emprendedor, ver después el negocio en marcha y funcionando puede llevarnos a la soberbia de creer que ya es inmejorable.

La soberbia empresarial aporta mucha rigidez. Se piensa que ya se tiene respuestas para todo. Se deja de escuchar a los clientes, socios, asesores, proveedores, trabajadores y otras personas o entidades con las que nos relacionamos.

La ira como fuente de conflicto empresarial

La contrariedad es propia de toda clase de actividades económicas. No siempre todo sale como pensamos. El enfado puede ser normal en algunas circunstancias, pero todo tiene su medida.

Ira

Los empleados de naturaleza iracunda son una fuente continua de conflictividad. Sus reacciones se trasladan a los demás, generando una respuesta que, poco a poco, irá minando el ambiente laboral. Si la empresa no sabe gestionar estas situaciones, la ira de uno de los empleados puede terminar con uno de los más valiosos activos: la atención del equipo humano. Será muy difícil concentrarla hacia una mayor productividad.

La avaricia de los gestores

El principal enemigo en este sentido son los fraudes protagonizados por los gestores. Con cierta frecuencia, la víctima de delitos económicos es la propia empresa para la que trabajaban los culpables.

Sin llegar a ese extremo, existen pecados empresariales que son legales. La dirección de la empresa no siempre vela por el cumplimiento de sus objetivos. Puede postergarlos en favor de los suyos propios. Por ejemplo, buscan una empresa no tanto más rentable, sino más grande, relevante y que les dé mayor proyección.

La lujuria puede acabar con el buen ambiente laboral

En el ámbito laboral, no es raro que surjan relaciones entre compañeros de trabajo, algunas  motivadas por la lujuria. Se pasan muchas horas en la oficina y los intereses de distintos miembros de la plantilla pueden ser similares, con carreras o estudios parecidos y con empleos que cubren por tener perfiles complementarios.

En algunos casos, esas relaciones pueden ser enriquecedoras y reforzar el vínculo laboral. Sin embargo, en otros es posible que se produzcan perjuicios en el ambiente laboral.  Por ejemplo, una ruptura de pareja traumática por estos motivos puede llevarnos a dejar la empresa. Igualmente, pueden entremezclarse los conflictos afectivos y los laborales.

La envidia entre los pecados empresariales

Hay una distancia muy grande entre la competitividad y la envidia. La primera procura que los miembros del equipo de lo mejor de sí mismos. La segunda hace que se sientan felices por el mal de un compañero, que lo será también de la empresa.

Por ejemplo, la envidia puede ser una de las causas frecuentes del síndrome de Procusto. Es una situación en la que el jefe intenta minar la actividad de sus subordinados más valiosos. El resultado es una progresiva pérdida de talento, lo que representa uno de los pecados empresariales más peligrosos.

La pereza del equipo

La pereza del equipo humano tiene una doble responsabilidad: por un lado,  los propios empleados que no se esfuerzan; por otro, la empresa que no sabe motivarlos e incentivarlos.

La manifestación típica de los pecados empresariales ligados a la pereza es el presentismo. Los trabajadores están, pero la labor no progresa y la productividad decae. Los tiempos muertos son abundantes.

La gula y las comidas de trabajo

Comer es una necesidad humana. Hacerlo con alguien es una oportunidad en muchos contextos. Que un encuentro profesional acabe en un restaurante puede estar muy justificado.

Sin embargo, la gula puede convertirse en uno de los pecados empresariales. Se trata de los casos en los que se termina sin aprovechar el tiempo de la comida para reforzar el contacto, proyectar algo en común, discutir algún problema, plantear algún tipo de solución o, simplemente, afianzar la relación humana más allá de satisfacer un apetito desmedido de alguien al que se pretende agasajar.

Evitar los pecados empresariales capitales mejora la gestión, el ambiente laboral y la productividad de la empresa. Son amenazas que pueden poner en peligro buenas ideas de negocio.

Por Gonzalo García Abad

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