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¿Por qué las pymes españolas no quieren ser grandes empresas?

Aunque el emprendimiento está muy de moda y desde todo tipo de foros se promueve esa versión quijotesca del joven que tiene una idea brillante y que, contra viento y marea, la saca adelante y la convierte en una empresa de éxito, la realidad es que una economía funciona cuando también tiene empresas grandes y medianas sólidas y de largo recorrido.

La imagen que nos llega de Estados Unidos, sobre todo por el glamour de Silicon Valley, es que se trata de “una tierra de oportunidades” y de individualidades, de hombres hechos a sí mismos que hicieron realidad su sueño adolescente desde el garaje de casa o desde el laboratorio de la universidad. Y esto solo es parcialmente cierto. Aunque es verdad que en la otra del Atlántico hay muchos inversores con mucho dinero dispuestos a correr el riesgo de invertir en el proyecto de un par de adolescentes (véase Google), también es cierto que Estados Unidos es lo que es porque dispone de un tejido empresarial muy consistente.

Demografía empresarial en España

Invariablemente, en las economías más potentes del planeta la presencia de empresas grandes y medianas es mucho más acentuada que en España, un mercado muy minifundista y dominado por los autónomos y las pequeñas empresas.

Según datos que aparecen en el estudio “Demografía empresarial en España: tendencias y regularidades”, elaborado por los investigadores José Carlos Fariñas y Elena Huergo para Fedea y que es un texto de referencia en este ámbito, mientras que en Estados Unidos el 50% del empleo lo generan las empresas grandes, en España solo es el 23%, menos de la mitad. En el Reino Unido es el 43% y en Alemania, el 36%.

Según el Directorio Central de Empresas (DIRCE) del INE, casi 1,8 millones están sin asalariados. Y alrededor de 1,3 millones son microempresas con menos de 10 trabajadores. Por lo tanto, en España solo 120.000 compañías (menos de un 4% del total) pasan de esa cota de 10 empleados, y tan solo 1.700 (un 0,05%) entrarían en la definición de gran empresa (por encima de los 500 empleados).

Las razones detrás del pequeño tamaño de nuestras empresas

La excesiva protección del mercado durante gran parte de la historia de este país ha propiciado el minifundismo. En otros países, la temprana apertura al exterior obligó a las empresas locales a ganar peso para mantenerse o abrirse camino.

También hay quien culpa de la atomización empresarial española a la formación y estrechez de miras de los empresarios. También ha habido históricamente un escaso apoyo a los emprendedores, que además han sido penalizados extraordinariamente en caso de fracaso. En el último Informe Doing Business del Banco Mundial, que analiza la facilidades que dan los países de todo el mundo para abrir y mantener un negocio, España sigue situada en una discreta posición 32º.

Además, hay aspectos regulatorios que han venido desincentivando a los empresarios a invertir y a crecer. Uno de ellos es la obligación de una auditoría externa de las cuentas para las empresas con más de 50 trabajadores y una cifra de negocio por encima de los 5,7 millones de euros al año.

También está el mayor control fiscal y la probabilidad de inspección cuando se superan los 6 millones de ingresos al ejercicio, pues estas empresas se integran la Unidad de Grandes Contribuyentes, o las bonificaciones a la Seguridad Social derivadas de la contratación en empresas de menos de 50 trabajadores, o la posibilidad de que los trabajadores creen un comité de empresa cuando se rebasa la cota del medio centenar de empleados. Ello lleva a muchos empresarios a no dar el paso de crecer por temor a más controles o a una regulación más exigente.

Por qué el tamaño importa en economía

Pero, más allá de números y regulaciones, conviene saber por qué el tamaño importa en economía. Lo primero que sufre es la sacrosanta productividad, la verdadera vara de medir de cualquier economía y el parámetro que, de ir al alza, luego se traducirá en mejores sueldos y bienestar para los trabajadores.

Está demostrado que son las empresas grandes las más intensivas en capital físico, humano y tecnológico; es decir, son las más que invierten en la formación de sus empleados y la dotación de equipos con los que sacar adelante mejor y de forma más eficiente el trabajo. Asimismo, cuanto mayor es una compañía más produce, por lo que los costes de elaborar un producto bajan. Es uno de los efectos positivos de las llamadas “economías de escala”.

Además, generalmente, cuanto más grande es una compañía, más opciones tiene de financiarse, de exportar y de invertir en innovación. En España, casi todas las grandes corporaciones exportan, pero solo un 30% de las firmas de menos de 50% empleados.

Por último, está el tema de la mortandad empresarial. Una empresa pequeña está mucho más expuesta a los vaivenes del mercado o a una crisis que las entidades mayores. Y eso se ha visto de 2008 a esta parte. Según el INE, solo un 14% de las empresas de 20 empleados o menos llega a las dos décadas de existencia. El resto tiene que echar el cierre antes.

Los investigadores José Carlos Fariñas y Elena Huergo calculan que si las empresas españolas tuvieran el tamaño de las alemanas, la productividad se elevaría automáticamente un 14%. Otros expertos mantienen que si nuestro tejido empresarial se pareciera al alemán, tendríamos aquí 12.000 nuevas empresas medianas que generarían 400.000 puestos de trabajo adicionales. Es lo que el país y la economía se pierden por unas empresas que no quieren dar el paso de crecer.

Por Juan I. Cabrera