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¿Cómo un joven emprendedor supo motivar a toda una empresa?

Jaime Garrastazu, fundador de la marca de zapatillas desenfadadas Pompeii, podría estar días hablando de su empresa. Y lo podría hacer no con el verbo reposado del que ve los toros desde la barrera, sino con la palabra agitada y bulliciosa del que se entrega con pasión porque sabe que aquello sólo depende de él y de unos cuantos amigos tan entregados como él. Así lo hizo durante una formación a una empresa en la que contó cómo pusieron en marcha el proyecto y cómo usan las redes sociales para conectar emocionalmente con el comprador.

Garrastazu, pelo revuelto y camiseta, en línea con la figura del pionero del Silicon Valley o con el estándar del emprendedor digital que se ha impuesto también por estos pagos, se desgañita, hace aspavientos con los brazos y ríe a carcajadas cuando toca. El primer objetivo en la vida debería ser hacer las cosas que nos gustan, y el colegio y la universidad no nos preparan para eso”. Estar en una compañía por el sueldo desde el minuto 1, desde que tienes 20 o 30 años, nos hace mediocres. “Nos topamos con barreras económicas, pero sobre todo las barreras que nos vamos a encontrar son mentales”. “La fortaleza de una persona se define por la cantidad de conversaciones incómodas que tiene. No hay que temer que te digan que no. Son perlas que deja este joven de 24 años mientras explica por qué cambió de vida para crear Pompeii, y qué se encontró por el camino. 

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No sabíamos hacer nada

“Un día me pregunté qué hacía yo en aquel trabajo y por qué estaba allí, y sólo tuve una respuesta: por mis padres”. Aquel trabajo era un prometedor puesto de auditor en PricewaterhouseCoopers, una de las multinacionales que cualquier alumno de Administración de Empresas como Garrastazu tiene en el punto de mira. De esa inquietud compartida con otros tres amigos de Universidad nació Pompeii. “Nos sentamos y nos preguntamos qué sabíamos hacer, y llegamos a la conclusión de que no sabíamos hacer nada, reconoce Garrastazu. Después de darle vueltas a lo vender camisetas y sudaderas, optaron por crear una marca de zapatillas. Eso sí, “sin estudios de mercado, consejos de expertos o valoraciones de cómo había afectado la crisis al sector del calzado”.

“Nos sentamos, pintamos un diseño y lo coloreamos con rayones Alpino. Era como volver a 4º de la ESO”, dice Garrastazu quitándole importancia al asunto. “Luego preguntamos a Google dónde se hacían zapatillas y nos dijo que en Elche, y llamamos a 8 fabricantes de la zona”. Al principio, los fabricantes con los que contactaron Garrastazu y sus amigos no los tomaron muy en serio, pero al final dieron con uno con el que pudieron sacar su primera tirada de 350 pares de zapatos. Era para lo único que les daba el dinero que habían logrado reunir después de haberse gastado 12.000 euros en una horma y en un modelo metálico. Rigores (inesperados) de un proceso fabricación que todavía desconocían.

“Cuando vimos el modelo resultante pensé que nunca había algo tan feo”, relata el fundador de Pompeii. Por casualidad, alguien sugirió incluir en la zapatilla el típico cordón de los naúticos, y a partir de ahí empezaron Garrastazu y sus amigos a ver que aquello podía tener futuro y que la cosa no era tan fea como la pintaban. De hecho, el primer año de ventas les reportó unos ingresos de medio millón de euros, “y sin invertir un euro en marketing”. Y hoy, dos años después, ya facturan dos millones y son 21 personas en plantilla.

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Lo importante no es el producto, sino la conexión con el destinatario

Las redes sociales han estado en el centro de la estrategia de Pompeii, y Garrastazu esboza su particular visión del marketing y de cómo han ayudado las conversaciones en Internet a una empresa como la suya. Pompeii no es vender moda, sino conectar con la gente. En un mercado donde está todo inventado y hay gigantes como Inditex, sabíamos que lo importante no era el producto, sino esta conexión con el destinatario”.

En todo caso, defiende que las zapatillas, que casi siempre se venden a 50 euros, son un producto de calidad y a un “precio justo”. Además, son exclusivas, pues van numeradas. “Aunque no es el concepto de exclusividad asociado al lujo, sino a la escasez”. Y en este punto se detiene para tocar uno de sus temas favoritos: el de los efectos beneficiosos de andar con los bolsillos vacíos a la hora de emprender y de hacer casi cualquier cosa en la vida.Agradezco no haber tenido dinero a la hora de montar Pompeii, porque fue así como empezamos a usar la cabeza, asegura.

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La idea de que Pompeii, más allá de una marca y un producto, es una comunidad y un conectar con la gente se refleja en la particular visión de las redes sociales que muestra Garrastazu. Y es que, antes de poner a la venta la primera remesa de zapatillas, ya habían generado en Facebook e Instagram contenidos que le habían reportado 4.000 seguidores. Y, por supuesto, el primer día de comercialización se quedaron sin existencias.

Pero más allá de eso, Pompeii ha hecho algunas campañas curiosas en las redes. Iniciativas que han conjugado el manejo del social media con una cierta idea desenfadada y solidaria de la vida. Como aquella con Marta, una chica que quería ir a Calcuta y a la que Garrastazu y sus amigos se decidieron a ayudar. “Le dijimos a Marta que si vendía 20 pares de zapatillas con descuento le pagábamos el viaje a la India. Ella movió su WhatsApp y sus redes sociales, y nosotros también pedimos a nuestros seguidores que ayudaran a Marta. Al final, se vendieron 300 pares”, cuenta Garrastazu, que presume de que así pudieron involucrar a miles de personas sin gastar un euro en Facebook. “La necesidad te ayuda a ser imaginativo”, insiste el fundador de Pompeii.

Otro día, Garrastazu regaló 60 zapatillas en una hora, una por minuto. En realidad, el par gratuito se lo llevaba el último usuario conectado a la web en cada minuto. Y también fue un éxito. “Se nos cayó el servidor. Conseguimos 50.000 comentarios en Instagram, 10 veces más de lo esperado”. Como se ve, ingenio y ganas no le faltan a Garrastazu. Al igual que en la formación en la que se ha basado este artículo, en este vídeo es posible escucharle en la Fundación Rafael de Pino explicar por qué lo han hecho, en qué estado están y adónde quieren llegar.

J.I. Cabrera

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